A menudo se dice que escribir es un acto de soledad, pero la verdad es que nadie escribe solo.
Cada palabra que tecleas o trazas sobre el papel es un hilo lanzado al vacío, esperando que alguien lo sostenga del otro lado.
El problema es que, a veces, lanzamos hilos sin saber quién está en la otra orilla, y nos sorprende que nadie tire de vuelta.
Escribir solo para uno mismo es un diario; escribir para ser leído es un puente.
Y para construir un puente, necesitas conocer el terreno donde vas a apoyarlo.
Necesitas saber quién es esa persona que, en un mundo lleno de ruido, va a elegir el silencio de tus páginas.
La anatomía de quien te espera
¿Quién es tu lector ideal?
No es un dato estadístico en un informe de marketing.
No es una cifra ni una tendencia.
Es una persona con nombre, con cansancios acumulados y con una luz que solo se enciende cuando encuentra la frase correcta.
Para encontrarlo, tienes que dejar de mirar tu manuscrito y empezar a mirar a tu alrededor.
¿Es un hombre que vuelve a casa en el metro intentando no pensar en la hipoteca? ¿Es una mujer que se siente extraña en su propia cocina, como si los objetos ya no le pertenecieran? ¿Es joven, con esa hambre de mundo que a veces duele, o se siente mayor, cargando con el peso de lo que no fue?
Ese lector no es un ente abstracto.
Es alguien que trabaja, que quizás está sano pero se siente agotado, o que está enfermo y busca en tus párrafos una tregua que los médicos no pueden recetarle.
Es un esposo que no sabe cómo decir «te quiero» sin que suene a costumbre; es una hija que todavía busca la aprobación en unos ojos que ya no la ven.
Si no sabes qué le inquieta a las tres de la mañana, no puedes escribir algo que lo mantenga despierto por las razones correctas.
El espejo de la compra
Hay una pregunta brutal que todo autor debería hacerse frente al espejo: ¿Yo compraría mi propio libro si no supiera que es mío?.
No es una pregunta sobre la calidad literaria, sino sobre la conexión humana.
Compraríamos nuestro libro si sintiéramos que esas páginas contienen la medicina para un dolor que no sabíamos cómo nombrar, o la brújula para una confusión que nos tiene paralizados.
Tu lector comprará tu libro no porque tu prosa sea impecable, sino porque se sentirá visto.
Lo comprará porque, en medio de su rol como amigo, como empleado o como ciudadano, tu voz le recordará que antes que todo eso, es una persona que siente.
Si piensas que traicionas tu arte por escribir pensando en tu lector, no es cierto, no te equivoques, le esta dando un propósito a tu arte y eso es valioso.
Es entender que tu obra no termina en el punto final, sino en el suspiro de alivio de quien la cierra y dice: «Al fin alguien me entiende».
Escribir con el otro en la sangre
Cuando te sientas a escribir, el lector ideal debe estar sentado frente a ti.
Debes conocer sus miedos, sus dudas y esas pequeñas certezas que lo mantienen en pie.
Solo cuando logras que tu historia se cruce con su biografía, ocurre el milagro de la conexión.
Si quieres que tu obra sea leída y comprada por muchos, deja de escribir al vacío.
Empieza a escribir para ese ser humano que está ahí fuera, esperando que le devuelvas la humanidad que la inmediatez le ha robado.
Escribe para quien busca un refugio, para quien necesita una confrontación o para quien, simplemente, necesita saber que no está solo en su naufragio.
La literatura es el encuentro entre dos soledades que deciden dejar de serlo por un rato.


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